Durante años, hemos usado la etiqueta «guardianes de la naturaleza» para referirnos a las comunidades indígenas. Es un término que evoca defensa y protección, y que ha sido clave para el financiamiento internacional, proyectos y campañas de reconocimiento. Pero, ¿es así como las propias comunidades se definen?

Esta pregunta fue un eje inesperado en mi reciente investigación de campo en San Martín, Perú. En 2023, mientras buscaba entender (para un estudio para el Heidelberg Center para América Latina) por qué la deforestación persiste más allá de los esfuerzos legislativos y la gestión estatal, me encontré con algo más profundo: una reconceptualización de la relación entre las comunidades y el bosque.

En conversaciones con comunidades nativas Kichwa y Awajún, y en el Pre Foro Social Panamazónico, observé un giro discursivo, valiente y necesario. La frase más reveladora me la dijo Wilfredo Tsamash, presidente de CODEPISAM:

«Yo no me siento guardián de la Amazonía. La Amazonía comparte la vida conmigo».

Esta declaración no es solo semántica; es una acción política.

El peso de una etiqueta

Podríamos pensar que esta relación de reciprocidad siempre fue obvia. Sin embargo, la narrativa del «guardián» ha dominado. Si hoy buscamos «Guardianes de la Amazonía» en Google o en repositorios académicos, encontraremos una infinidad de reportajes, proyectos e incluso trabajos de propios indígenas. Todos hemos visto los afiches y los slogans.

El problema es que esta etiqueta, aunque bien intencionada, a menudo nace desde fuera y asigna un rol. Y esto me lleva a otra pregunta: ¿qué tan diferente es «Guardianes de la Naturaleza» de «Defensores Ambientales»? ¿No es, en el fondo, el mismo peso de una enorme responsabilidad impuesta? O acaso estaremos presenciando la paradoja entre la necesaria acción de defensa territorial vs la necesidad de una estrategia para visibilizarla. ¿Acaso para las comunidades esta tensión se agotó?

El giro discursivo como acción política

Lo que estamos presenciando es una evolución que no nace de una autocrítica occidental, sino de las mismas comunidades nativas. Ellas están redefiniendo los términos de su relación con el territorio. Veo esta misma reflexión en otros espacios, como el reciente video de Deayana Montenegro Bravo o en un video del proyecto «La cadencia oficial» junto a la ONG DAR sobre la problemática de la Comunidad Murui Bue (Loreto), en donde una mujer menciona:

«Nosotros no somos guardianes, convivimos con la naturaleza»

Para todos los actores (academia, ONGs, sector público) que trabajamos y/o convivimos en territorios indígenas, esto es un llamado a la escucha. Debemos comprender que no se trata solo de valorar la naturaleza per se. Se trata de valorar el vínculo que existe en ese espacio; un vínculo que ya está cargado de reglas, valores sociales y cosmovisiones.

El hecho de que las comunidades empiecen a expresar que no son «guardianes», nos presenta directamente dos retos:

  1. El Desafío de la Gobernanza: Plantea una pregunta fundamental: ¿Cómo podemos ponernos de acuerdo, si estamos empezando a pensar diferente sobre la base misma de esa relación?
  2. La Oportunidad de la Política: Nos obliga a discutir un nuevo abanico de políticas socioecológicas, unas que superen la simple conservación. Ya no es suficiente con sumergirnos en la comprensión de los sistemas naturales (ecología) por un lado, o enfrascarnos en entender las relaciones sociales (sociología) por el otro. La política pública y la investigación deben ahora reconocer, entender y promover esa relación profunda entre ambos.

Ese es el verdadero fondo del discurso indígena. No es una forma de eludir la responsabilidad territorial. Al contrario: es una exigencia para que por fin se reconozca su complejidad, su historia y sus propias formas de convivencia.

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